sábado, 10 de noviembre de 2007

Novela XII

Cincuenta y tres.
Hace casi tres meses que este lugar es mi casa. Por más intentos que hago para convertirlo en mi hogar, no dejo de mirarlo como un lugar de tránsito. Algo así como un purgatorio. Hay veces en que es mucho más acogedor que otras, pero hoy no es uno de esos días. Hoy es un lugar oscuro, impregnado de olor a cigarro, con manchas en el cubre piso, con el insoportable ruido de las micros que transantiago no solucionó y con el polvo que se acumula estimulado por la invencible polución del centro de Santiago. Por suerte el entorno es agradable: barrio Bellas Artes y el Parque Forestal en reemplazo del inexistente patio.
Es algo más de la una de la mañana y salgo a dar una vuelta para desprenderme de un día que partió mal y que gracias a ti no terminó convertido en un desastre. Hoy es uno de esos días en los que me doy permiso para mirar todo con malos ojos, en donde todo lo tiño con la inmovilizadora frustración a la que autorizo a convertirme en presa. Hoy soy carne de buitres y hienas. (… ¿Buitres e hienas? Suena horrible.)
El paseo nocturno es útil para comenzar a abandonar la pasividad que implica la frustración e ir recuperando la pro actividad necesaria para salir de ella.
El paseo nocturno es útil para sacar las conclusiones correspondientes.
Hace casi tres meses que este lugar es mi casa y hace algo más de dos que la visitas casia a diario. Al volver del paseo, veo que hay un collar tuyo sobre el librero y recuerdo que dejaste una polera en el closet y que tienes cremas, peineta y cepillo de dientes en mi baño. Y vuelvo a mirar esta casa con ojos de hogar y pienso que mañana será un buen día…

Cincuenta y cuatro.
Parece que sí. Parece que a veces las vacas vuelan. O algunas de ellas lo hacen.

Cincuenta y cinco.
Sábado en la tarde. En el café de abajo de la casa trabajando un rato. Llamas y me das un beso. Varias personas comentan y coinciden en que se me ve bien. Seguro es por tus besos.
¡Bueno ya! Suena cursi, pero ¿acaso el amor no lo es?

domingo, 4 de noviembre de 2007

Novela XI

Cincuenta.
Luego de una noche de cervezas y amor, te veo desde atrás, enroscada sobre la silla, sentada en mi escritorio, trabajando frente al computador. El café frente a ti, el cigarro entre los dedos. Trabajar juntos resulta ser un mal negocio, pero un excelente afrodisíaco. La tentación de tu cuerpo es constante; el deseo, permanente. Nuestras miradas se cruzan a cada tanto, y luego el sonreírnos y besarnos parece ser una sola cosa. Y los besos nos invitan a despojarnos de la ropa… y nunca hemos sido buenos para rechazar este tipo de invitaciones. Del computador a las sábanas y vuelta al computador… y otra vez a las sábanas… y otra vez… y otra… y una más.

Cincuenta y uno.
Sábado en la noche. Cansado. Agotado. Exhausto. Fue un día de rock and roll desde muy temprano: correr, subir y bajar escaleras, y los golpes en la batería que se escuchaban por todo el parque forestal. A media tarde, el oasis de tu cuerpo, después del chapsui y el café, me rescata por un par de horas del ajetreo del día. Pero a esta hora, ya te has llevado tu cuerpo a cumplir con los deberes que van más allá de la carne, y yo he vuelto a casa, muy cansado para el carrete de día sábado, pero no tanto como para dormir. Entonces, el boliche del lado me provee de una buena ración de sushi, la botillería del frente aporta con coca cola y una bolsa de hielo y de mi refrigerador saco el ron que lleva varios días helándose. Enciendo el computador y reincido en esta bitácora que por algunas semanas he mantenido a medio vapor.

Cincuenta y dos.
Digo sábado en la noche como una estrategia para no decir que ya comenzó el domingo.

lunes, 29 de octubre de 2007

La conducta humana.

Los molinos corren a favor del viento, intentando escapar de ese quijote que insiste en perseguirlos sin piedad.